Trump, putinejo

La intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial fue decisiva para la derrota de Hitler y su sueño demencial. A partir del desembarco en Normandía, la balanza se inclinó a favor de los aliados. A pesar de las fechorías que a lo largo de la historia han cometido los sucesivos gobiernos de ese país, no podemos negar el invaluable beneficio que éste brindó a la humanidad por su participación en aquella contienda.
El apoyo que el gobierno de Joe Biden brindó a Ucrania está a tono con aquella implicación. Junto con los gobiernos de la Unión Europea, el estadunidense se afanó en no dejar solo al país invadido por el ejército ruso. Gracias a ese respaldo y pese a la disparidad de fuerzas, Rusia no ha podido ganar la guerra en más de 1 mil días en los que han perdido la vida alrededor de 200 mil de sus soldados.
En contraste con su antecesor, Donald Trump tomó partido en cuanto ocupó la presidencia por el dictador y asesino ruso. No le importó que éste sea el agresor; que la invasión haya provocado 12 mil 654 civiles muertos, entre ellos 669 niños, y 29 mil 392 heridos, incluidos 1 mil 854 niños; que hayan muerto 45 mil 100 soldados del país invadido; que haya 3.7 millones de desplazados dentro de Ucrania y 6.9 millones refugiados en el extranjero; que se hayan perpetrado 2 mil 200 ataques contra hospitales y centros de salud; que 3 mil 600 escuelas y universidades y más de 2 mil estructuras civiles hayan sido dañadas; que los invasores hayan asesinado a civiles indefensos después de torturarlos y hayan violado a cientos de mujeres.
Sabemos que Trump es un delincuente así declarado por una autoridad judicial y un golpista fracasado; que abusó sexualmente de mujeres; que cometió fraudes; que canceló fondos para proyectos humanitarios —USAID, pacientes de VIH, bebés quemados— y está rompiendo familias latinas. Lo que no imaginé es que le diera la espalda a los ucranianos que han luchado heroicamente en defensa de la independencia y la integridad de su país, que han visto morir a seres queridos, y que han soportado la pesadilla de la invasión durante tres larguísimos años.
La mayoría de los estadunidenses votó por el barbaján, pero no le dio un cheque en blanco para hacer todo lo que se le antojara, menos una jugada tan vil. Los mejores ciudadanos tendrían que salir a protestar por esta traición. Tendrían que hacer honor a las mejores tradiciones democráticas de su país.
Los crímenes de lesa humanidad que Rusia ha cometido contra la población ucraniana vienen de lejos. En Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania, Anne Applebaum refiere que los informes oficiales señalaban que todos los días entre 10 y 20 familias ucranianas morían de hambre, las estaciones de tren estaban abarrotadas de aldeanos que huían y en el campo no quedaban ni caballos ni ganado. Y culpaban a la burguesía, que había provocado, según los informantes, una auténtica hambruna, parte del plan capitalista para poner a la clase campesina contra el gobierno soviético.
“Pero la hambruna no la había urdido la burguesía”, apunta la autora. La desastrosa decisión de la Unión Soviética de obligar a los campesinos a abandonar sus tierras para unirse a las granjas colectivas, el desalojo de los campesinos más ricos de sus hogares y el caos subsiguiente constituyeron políticas que dejaron las zonas rurales al borde de la inanición. En el punto álgido de la crisis, grupos organizados de policías y activistas del partido, movidos por el hambre y la retórica conspirativa e incitadora del odio, allanaban los hogares de los campesinos y robaban todo lo comestible. Murieron de hambre cerca de cuatro millones de ucranianos.
No se trató de daños colaterales de una mala política pública, sino de algo deliberado: Stalin quiso obligar a Ucrania a abandonar sus aspiraciones de país independiente. La hambruna no fue más que la mitad de la historia: cualquier persona relacionada con la efímera República Popular Ucraniana (que existió unos pocos meses a partir de junio de 1917) que hubiera fomentado el idioma o la historia de Ucrania, cualquiera con una carrera literaria o artística propia podía ser vilipendiada en público, encarcelada, enviada a un campo de trabajos forzados o ejecutada.
Al ponerse del lado del criminal de guerra y sacar provecho de la difícil situación del país invadido, Trump es cómplice de los crímenes de Putin y vuelve a mostrar su inconmensurable miseria moral.
excelsior