Por eso el antiamericanismo de la izquierda europea corre el riesgo de hundirnos
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"Para mí la máxima prioridad será lograr la independencia de Estados Unidos". Así lo afirmó Friedrich Merz la tarde del miércoles, inmediatamente después de que las primeras encuestas a la salida de las urnas le dieran la victoria. Sus palabras pueden considerarse, sin duda, una reacción a la línea adoptada por la nueva administración estadounidense respecto de los países europeos. Sin embargo, sacan a la superficie una idea que también ha estado vigente en el pasado entre los exponentes de la clase dominante continental, especialmente en momentos en que en el exterior había presidentes no bienvenidos o en todo caso contrastantes con las ideas del mainstream.
Esta idea, aun cuando no se ha hecho explícita, ha funcionado en profundidad, «inspirando medidas legislativas y también acciones en el tablero internacional que no se ajustan perfectamente a las estadounidenses. En esencia, ha habido una forma casi irreflexiva y subterránea de hostilidad hacia Estados Unidos que a menudo ha ido de la mano con el antiamericanismo histórico de la izquierda. Se trata casi de una especie de legado oculto que los regímenes totalitarios, empezando por el nacionalsocialismo, han dejado a nuestras democracias liberales, todos ellos profundamente hostiles a Estados Unidos y de cuyo yugo nos liberamos precisamente gracias a él.
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Alexis de Tocqueville había visto América como una especie de Europa trasladada a ultramar y desarrollada y crecida allí sin las sedimentaciones políticas y culturales que la historia había depositado en nuestra vida política y social. Vista desde esta perspectiva, la actitud europea podría considerarse como la rebelión de un padre anciano que ya no tiene energía ni agilidad hacia un hijo que está en plena forma. En esencia, independizarse de Estados Unidos podría significar romper un vínculo de sangre.
La idea de una autonomía completa para Europa siempre ha sido muy fuerte en el mundo intelectual. Se puede encontrar, por ejemplo, en muchos de los libros escritos por el más influyente de los pensadores europeos y proeuropeos actuales: el posmarxista Jürgen Habermas. Para él, lo que nos diferencia profundamente es una idea de derecho internacional basada en el poder blando y no en la fuerza, una atención casi maniática a las reglas y procedimientos, un multiculturalismo que pone a todas las religiones y culturas al mismo nivel, una marcada propensión al bienestar, una confianza en el Estado, el deseo de un orden mundial multilateral y jurídicamente regulado que asume la apariencia de una "política interna global" de la que la ONU debería ser garante. Ya en la época de Bush Jr., Habermas invitó a los europeos a sacar fuerza de estas ideas y emanciparse completamente de su aliado estadounidense, demasiado belicista y grosero para nuestra sensibilidad. Si aquel programa ya tenía rasgos de utopía, hoy podemos decir que la realidad histórica ha desmontado todas sus pretensiones. ¿Cómo podemos los europeos pensar en convencer a las poderosas autocracias euroasiáticas con la fuerza de la persuasión y con un modelo que ya hace aguas por todos lados? ¿El no querer que todo sea regular nos llevó a rechazar las inversiones y el espíritu de innovación? ¿No ha hecho el multiculturalismo más difícil la coexistencia dentro de nuestros estados y más inseguras nuestras ciudades? ¿Cómo se pueden garantizar los recursos de bienestar ante una inminente crisis económica y de productividad?
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En cuanto al Estado, es evidente que muchas veces es la causa de la enfermedad y no su cura. Al final, casi todas las instituciones supranacionales fracasaron y acabaron en manos de Estados que no creen en los principios liberales y democráticos. Además de ser culturalmente incorrecto, el camino de la autonomía es, como mínimo, irrealista: nos entregaría a China o a alguna otra potencia autocrática. Parafraseando lo que dijo Otto von Bismarck sobre Italia, Alemania y Europa hoy, se podría decir: "¡Gran apetito, dientes débiles!".
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